Elogio del aburrimiento

L.H.O.O.Q., 1929. Marcel Duchamp, PD-US

Me preocupa que hayamos acabado con el aburrimiento. Que los que tienen treinta y tantos son los últimos que vivieron la juventud con tiempo libre. Entiéndase tiempo en el que uno no sabe qué hacer y piensa, ¿en qué? No importa. Me preocupa por la creatividad, las emociones y la innovación. Se extingue el aburrimiento… ¿Y si estamos ante el último innovador?

He leído dos artículos que suenan a advertencia a tiempo. En el primero, “La adicción a las pantallas avanza silenciosa”, leo que Marc Benioff, uno de mis referentes en compañías tecnológicas (consejero delegado de Salesforce), compara el uso de las redes sociales con el consumo de tabaco. ¡Pero si Marc es un entusiasta defensor de las redes sociales en las grandes empresas! (primera ironía). Cada uno es feliz como puede, pienso. Pero entonces entra el psicólogo. Adam Alter es una de las caras del movimiento (sobre todo estadounidense, segunda ironía) sobre los efectos de las pantallas. Habla de que estamos perdiendo el aburrimiento. Sostiene que la adicción a las pantallas “cambia la manera en la que afrontas el aburrimiento (…) parece una tontería, pero el teléfono está ocupando cada segundo que tienes libre”. Y añade: “Está bien que no te aburras, pero del aburrimiento surgen ideas”.

El segundo artículo habla de otro efecto relacionado: el adocenamiento. En “Fake news y credibilidad” su autor advierte que sin cierto escepticismo (para apartarse de la corriente general) es difícil que las ideas y la innovación “respiren”. Duchamp es el ejemplo: salió del perverso barullo de fama y popularidad artística del Nueva York del XX “convencido de que no quería repetirse”.

Se supone que cada individuo debe saber, de forma seria, qué tiempo dedica a estar pegado al móvil. Pero todo es un círculo vicioso:  nos engatusamos “por el torrente de información que nos asalta todo el tiempo, cada vez que abrimos el ordenador o conectamos el teléfono”. En su lugar, creemos “en lo que se dice con tanto estruendo”. Las “fake news” no es el único problema de este exceso de credulidad. El innovador lo tiene bastante difícil para salirse de la norma. Sólo si da un portazo al igual que Duchamp, viene a decir el texto, podrá salir “del mainstream [de las redes sociales] (…) desde el que tendemos a pensar, no de manera original ni con un horizonte ilimitado”.

Ahora las cosas están supeditadas a una pantalla de la que no nos separamos. Niños o mayores. La solución que ofrece la filosofía (corriente escéptica) es darle la espalda un rato. La innovación requiere un cerebro que se aburra, para que reflexione y salgan las ideas.

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