Sin pensar

Una de las máximas de la economía de consumo moderna es satisfacer necesidades. Del tipo que sean. Por eso la promoción de los nuevos artículos -o viejos, nunca lo sabemos bien- repite sin fin la frase “para satisfacer las necesidades de nuestros clientes”. De algún modo siempre he envidiado a la gente de marketing porque parecía tener claro lo que quería el cliente. Conocían las preguntas correctas en cada momento.

En las empresas tecnológicas donde he desarrollado mi carrera (brevemente en el siglo pasado y largamente en la modernidad actual) no había ni hay forma de ver nunca el agua cristalina. Cuando se viven un par de décadas en el campo de la avanzadilla innovadora, y en especial la que busca introducir mercados completamente nuevos, como han sido las plataformas de servicios en Internet y en el móvil, se adquiere otra habilidad: no sabemos nada de satisfacer demandas, y lo sabemos todo de crear demanda para servicios y productos que el consumidor solo ha intuido -a veces ni siquiera-, leyendo o viendo una historia de ciencia ficción. En mi oficio son las respuestas las que condicionan las preguntas. En marketing, las preguntas están supeditadas a respuestas conocidas. En resumen: hay que ser más filósofo que tecnólogo u hombre de negocios. Hay que pensar. Hay que saber pensar.

 

Quizá por eso los tecnólogos somos más fikis que los demás. El filósofo y periodista alemán Richard D. Precht, una voz ajena a la industria tecnológica, y cuya opinión podemos presuponer imparcial, dice: “Nuestra economía no satisface nuestros anhelos, más bien los produce”. Y pone el ejemplo de una de las transformaciones de la última década: “Los Iphones son respuestas a preguntas que nadie se hacía antes de que existieran”. Hasta un tipo que se gana la vida haciéndose preguntas admite el carácter peculiar de la modernidad en el siglo XXI.

Para ser relevante hay que seguir ideando transformaciones. Fijémonos que El Iphone nació en la década pasada, en 2007. Cuento todo esto para enlanzar con la cuestión que me tiene preocupada últimamente: ¿Serán las nuevas generaciones capaces de producir nuevas innovaciones transcendentales para 2020? Por edad serían les correspondería a los milenials realizar esas difíciles preguntas que todavía no existen. El experto Simon Sinek, otro tipo que lleva años enseñándonos cuál es la pregunta por la que deben empezar todas las respuestas, ha encontrado un gran obstáculo. La generación que dio lugar al Iphone no vivía abstraída en el plano paralelo multitudinario y personal que ofrecen de forma virtual las pantallas a golpe táctil.

El argumento de Sinek es algo que muchos entendemos muy bien. La realidad para los aludidos, la generación de jóvenes que con veintipocos que entran en el primer empleo con ganas de comerse el mundo, es todo menos amable.  La franqueza de Sinek en un discurso de apenas quince minutos que anda en la Red es tremenda. Esta es una selección: “Tienes una generación entera que tiene acceso a un adictivo y adormecedor químico llamado Dopamina a través de las redes sociales y los móviles [cada like en Facebook genera Dopamina]”.

Una triple maldición ya que la adicción a la conexión continua ha hecho de los millenials quizá los seres vivos más impacientes y con menos autoestima de la historia documentada de la humanidad: se desaniman si no consiguen recompensa instantánea.

Lo explica a continuación: “Conozco a gente que se salta temporadas enteras para poder ver [todos los capítulos de] una serie al final. Tienen este concepto abstracto llamado el “impacto” que quieren tener en el mundo, que es la cumbre, pero no ven la montaña”.  Y claro, si se trata de procesos que requieren trabajo largo, duro y difícil, por ejemplo la creación de ideas o la innovación, mejor ni hablar. Los teléfonos con su capacidad infinita de generar estados de ánimo virtuales se interponen entre la primera generación de nativos digitales y la habilidad de pensar en preguntas complejas, cuestiones inexistentes o respuestas por producir.

“Tenemos que crear mecanismos en donde permitamos que pequeñas interacciones [para que las ideas tengan hueco] tengan lugar (…) Si no tienes el teléfono, disfrutas del mundo, y ahí es donde las ideas suceden. En la ocupación constante [con las pantallas] no es dónde tienes ideas y piensas en innovación. Las ideas pasan cuando nuestras mentes divagan. Cuando ves algo y piensas, creo que puedo hacer esto”.

Conclusión: Si queremos participar activamente en el progreso debemos ayudar a nuestro relevo generacional. Para innovar, mejor con el móvil desconectado.

 

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