El efecto IKEA y los peligros del MVP

Una de las cosas fascinantes que tiene para mí trabajar en Internet es que siempre estoy con cosas muy innovadoras. Para la sociedad, para el mercado, para la industria… La segunda es que para llegar a donde quieres, por lo general, deben mediar varios EXPERIMENTOS.

Gracias a Eric Ries y Steve Blank ahora a los experimentos de productos los conocemos como mínimos productos viables (en inglés MVP, “minimum viable product”). Lo pongo en plural porque la innovación rara vez consiste en llegar y besar el santo. Lo normal es hacer varias pruebas hasta dar con la que el cliente nos quiera aceptar; es decir: algo por lo que, llegado el caso, estaría dispuesto a pagar.

Lo de probar y hacer cambios también forma parte del método. Los mismos expertos que inventaron el concepto de MVP pensaron que “pivotar” e “iterar” eran perfectos para que todos los emprendedores tuvieran un lenguaje común.

Hay una tercera cosa más sin la cual nada de lo anterior tendría sentido: pasar del mínimo producto viable a un negocio viable. Esta parte es igual de fascinante pero también DUELE MÁS. Aunque el MVP está pensado a modo de “sparring”, y así te puedas dar de puñetazos con la realidad, resulta que no es así.

Que un inversor, un asesor, o un potencial cliente que está dispuesto a pagar, no vea nuestro producto como la versión idealizada que tenemos en la cabeza supone un momento incómodo y muy difícil para el emprendedor. El resto (y me incluyo) somos para él los malos de la película.

Sí, este emprendedor ha “comprado” la idea del MVP, del producto centrado en el cliente, y la iteración. Pero, a la vez, te dicen: “el MVP es el que es, lo hemos creado así y no lo vamos a tocar”. O algo como esto: “ya lo hemos cambiado una vez, ahora se queda así”.

Hay un profesor que enseña a emprender en el MIT que ha observado este mismo modo de actuar con el MVP y la filosofía lean. Por uno de sus post (Nuestra peligrosa obsesión con el mvp), me he enterado que a esto se le llama el efecto IKEA:

Parece que la extraordinaria sensación de hacer algo por nosotros mismos se manifiesta también en la valoración que hacemos del resultado. Algo así como si nos creyéramos los reyes del mambo porque lo hemos hecho nosotros ensamblando ciertas piezas (de ahí viene el nombre del efecto, por la tienda IKEA).

El efecto IKEA tiene consecuencias nada beneficiosas.

El innovador, en lugar de ponerse la gorra del investigador, algo muy necesario en cualquier nuevo proyecto, para conocer más sobre su cliente y mercado se calza la gorra del prescriptor, lo equivale a hacerse ciego y sordo para aprender nueva información a cerca de su teórico segmento de clientes.

No está mal ser capaz de ensamblar piezas. La tecnología en Internet nos permite desarrollar páginas webs y aplicaciones móviles en un abrir y cerrar de ojos. Lo que quizá hay que recordar también es que la técnica facilita únicamente la primera parte del experimento: que sea algo sencillo y con las funciones mínimas para demostrar su potencial.

Pero en el MVP existen DOS PARTE MÁS: que sea viable y que haya producto.

Eso es ESTRATEGIA. Es un porqué: un concepto de problema claro (o como a mí me gusta decir: dolencia de cliente). Es entender lo QUÉ LE PASA a tu cliente potencial por la cabeza en el momento de contratar un servicio o comprar un producto como el tuyo. Es una idea de PARA QUIÉN haces todo lo que haces. Y se puede resumir en una pregunta: ¿PAGARÍA ALGUIEN POR ESTO?

Corolario:

“Hacer cosas, construir algo, no te convierte en una startup“.

 

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Un comentario El efecto IKEA y los peligros del MVP

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